El extranjero en Mérida II

Continuamos con la historia de D. Buenaventura Vivó, El extranjero en Mérida II.

Por el sur se presentaba una masa compacta de pequeñas nubes, negras como el azabache, y de una configuración tal que se asemejaban a un ejército disforme cuya artillería, de un calibre sin igual, estaba en continuo fuego atacando con paso lento a las masas colosales de gigantes. En una palabra, era lo que se dice una noche aturbonada, noche de truenos, noche imponente….

¡Y en semejante noche dos viajeros se hallaban en camino…! Dos imaginaciones ardientes, cargadas de poesía, de vida, de ilusión, de esperanza… ¡Bello conjunto!¡Sublime noche!!

Desde nuestra salida de Sisal ni el doctor ni yo nos habíamos dirigido la palabra por el espacio de más de una hora que hacia ya caminábamos, Ambos meditabundos nos entregábamos á nuestras propias reflexiones sin comunicárnoslas.

   

Ignoro en lo que pensaba mi compañero de viaje, pero por mi parte puedo asegurar que me preocupaba una sola idea, un solo pensamiento, y éste era el de los ladrones. No podía concebir cómo el habitante de Sisal tenía tan ciega confianza en la seguridad de los caminos, y no cabía en mi mente el persuadirme de que en aquella lóbrega noche no encontrásemos ladrones.

Supuesto asalto

Me encontraba bajo la influencia de esta preocupación, cuando al dirigir la vista hacia el camino exclamé: ¡Para cochero…! Doctor allí veo unos bultos… He visto armas… no hay remedio, son ladrones…. somos vendidos…. maldito sisaleño…. y ¡voto a bríos! Nos faltan nuestras armas. Apeémonos pronto, y al menos nos defenderemos con piedras. La calesa se detuvo.

El extranjero en Mérida II

El doctor, sin tener tiempo para contestarme, puso pie a tierra, por un lado, yo lo efectué por el otro, y nos armamos con las primeras piedras que nos vinieron a la mano, listos y resueltos a la más pertinaz defensa.

   

¿Dónde están los salteadores? me preguntó entonces en voz baja mi amigo, que aún no había tenido lugar para verlos. ¡Hombre! ¿no los ve usted allí?

Efectivamente ya los veo. Me parece que son muchos. Aquí llegó la tuya…. desgraciados de nosotros… somos víctimas… Mire usted cómo avanzan.

Pongámonos de este lado…. aquí tendremos cubiertas las espaldas y nos defenderemos hasta morir.

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¡Ay, amigo! yo ya me doy por muerto, me dijo con aire contristado el doctor…. qué defensa ni qué nabos contra una compañía de salteadores como esa que se dirige aquí.

   

Al pronunciar mi amigo estas últimas palabras, un relámpago vino a iluminar la completa oscuridad en que nos encontrábamos, y su luz nos hizo distinguir clara y distintamente que los bultos que nuestra exaltada imaginación había tomado por ladrones, no eran tales ladrones…

Falsa alarma

Pues entonces ¿qué eran? ¡Qué habían de ser, buen Dios…! No me atrevo a decirlo… eran…. eran, en fin, lo diré mal que me pese, eran unas pacíficas vacas, toros, terneras o bueyes, pues no pudimos examinar su sexo, que muy lozanos y tranquilos pasean por el camino…. eran individuos pertenecientes a la familia cornuda… ¡Libéranos, Domine!

Nuestras carnes estaban tiritando de miedo cuando aquellos pacíficos animales pasaron por delante de nosotros. Cesó completamente el temor. Nos restablecimos de aquella fuerte emoción que nos había hecho latir con violencia el corazón.

La risa sucedió al espanto, y volvimos a nuestra casa ambulante burlándonos de nosotros mismos. ¡Pica, cochero! Continuábamos nuestro camino en la más tenebrosa oscuridad cuando de allí a poco mi compañero de viaje me dijo: ¡No ve usted allá a lo lejos en nuestro frente, un fuego como el que produce un cigarro?

Extrañas luces tenues en el camino

Es verdad, doctor.
¡No ve usted otro detrás de aquel, después otro, y otro y todavía otro?
Si, doctor, uno…. dos., tres, hasta ocho cuento… ¿Sí serán ladrones?

   

Vuelve otra vez con los ladrones ¡qué disparate! ¿en qué país del mundo ha visto usted que los ladrones se anuncien de tan lejos, y de tal modo? Pues entonces ¿qué diablos serán? Allá veremos: los fuegos se aproximan: poco podemos tardar en salir de dudas.

En efecto, de allí a un momento pasaron por nuestro lado ocho indios llevando cada uno un tizón encendido, a guisa de cirio, pero sin llama… ¿para qué podían servir estos tizones? ¿Cuál era su objeto?

Por más que en aquel entonces nos devanamos los sesos, no pudimos atinar la causa que originaba el viajar de aquel modo, aún en el día, los mismos yucatecos no están acordes acerca de ella. ¡Arrea, cochero!

   

A la media hora llegamos a una especie de plazoleta en donde hay un pozo, que si mal no me acuerdo se llama en lengua maya Chen Toro, y en el cual le dio a nuestro conductor la gana de pasar los caballos de un lado a otro, cambiándolos de posición y haciéndonos, en el entretanto, permanecer en aquel infernal lugar provisto de un enjambre de mosquitos tan sutiles, tan hambrientos y tan avisados, que, sin respetar nuestra calidad de extranjeros, nos martirizaban cruelmente. No pude menos sino decir al doctor: Este pozo no está magnetizado.

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