Capítulo 1
Un mes atrás, mejor es no meneallo (menearlo, remover un asunto). La salida a Uayalceh. La razón de esta expresiva frase, que no está al alcance de todos nuestros lectores, si lo estará respecto de aquellos que cenaban en la mesa redonda de la Lonja Meridana la noche del 10 de abril.

¿Qué les va, ni qué les viene a los demás lectores? Adelante.
La víspera de nuestra partida se les antojó a muchos de nuestros amigos la humorada o capricho de querernos convencer de lo absurdo y peligroso que era nuestro viaje. Algunos de los que aún estaban comprometidos, tuvieron la habilidad de enfermarse. De encontrarse con ocupaciones imprescindibles otros, y no faltó quien tuviese el antojo de ir a voltejear sobre la borrascosa ciénega de Sisal a respirar sus aires puros, para restablecer su quebrantada salud.
Siendo ya muy limitado el número de los anticuarios, que aun estaban en sus trece (no se crea que años), sostuvieron un acalorado tiroteo de palabras, dicharachos y razones, que duró hasta las doce de la noche, contra la turba de oposición, cuyo mayor fundamento para obligarnos a desistir del susodicho viaje, era que los indígenas sublevados podrían tener la ocurrencia, como acostumbran, de hacernos un agasajo a palanqueta y machete. La verdad de todo es que,
Unos amigos cedieron,
Otros se fueron zafando,
Otros de susto cayeron;
Mas nosotros cuatro, ¡cuándo!
Al fin la salida
Era la fresca y deliciosa mañana del 18 de mayo, espiraba en el reloj de la catedral de Mérida la última campanada de las cinco, hora en que los cuatro anticuarios se dirigían presurosos, a todo escape, al punto de partida. La salida a Uayalceh. En la alegre esquina de la Cruz Verde (cruce de 65 por 64), están ya reunidos los viajeros con maleta en ristre, sombrero de buscapléito, chaquislevis follón, papel, pluma y lápiz, un sable para cuatro y doce tiros de pistola.
Cargando avituallamiento en las diligencias
Mientas se disponen los carruajes y se echan cuesta arriba los copiosos, amenos y delicados víveres, que gastronómicamente hacinó el hábil y económico proveedor nombrado. Se charla, se comen guallas (huayas), se toma café con leche, se da una cordial despedida a las amigas a quienes debemos este obsequio, y al fin y al cabo y sin desollar el rabo, nos colamos en los vehículos y zarpamos a trote largo rumbo a Uayalquej (Uayalceh).
Pasan por San Cristóbal
Ya van nuestras dos calesas envueltas en una nube de polvo. Ya vislumbramos las torres de la iglesia de San Cristóbal. Ya atravesamos la solitaria plaza de este barrio. Ya se conmueve y compunge nuestro afligido y lacerado corazón, de tal modo, que ruedan por nuestras mejillas cuatro pares de gordas lágrimas arrancadas por el adiós triste y melancólico con que salimos de la hermosa capital, en que dejamos los queridos objetos de nuestros mas dulces y plácidos ensueños.

¡Terrible cosa es viajar
Llevando en el corazón
Una funesta pasión
Que nos hace derramar
Lágrimas a borbotón!
Pero no nos salgamos del tiesto, debemos continuar nuestro rumbo demarcado. Tomemos a la derecha. Procuremos dejar a un lado los pucheros y lagrimones para disfrutar de la verdura y frondosidad de los amenos campos circunvecinos a la ciudad.
Camino polvoriento
¡Pero qué engaño! el polvo nos persigue, parece que estamos en las calles principales de Mérida, en las que, a merced de una policía escrupulosa, nunca se echa de menos.
¡ Uf! solo con la boca fruncida, la nariz acuñada y los ojos trincados, se puede continuar esta navegación terráquea. Así es que la verdura y frondosidad…. ¡que Dios las tenga en su eterno descanso! La salida a Uayalceh. Un ruido sordo nos hace renunciar a nuestras precauciones, y al reponer a nuestros sentidos en el ejercicio libre de sus derechos, nos encontramos tete a tete con una calesa que contenía a los Sres. Rejón y Ávila, quienes venían de desempeñar una comisión de la sociedad agrícola.
Llegamos a Tixcacal
Un rato después, cátennos ustedes, queridos leyentes, ya en la hacienda Tixcacal, de la que no tenemos nada nuevo que deciles sino que les esperamos a nuestro regreso, Dios mediante, por aquello de que un convidado convida a ciento, en la orgia que deben hacer aquí los fieles súbditos de Isabel II, en celebridad de su feliz alumbramiento.
Paso por las haciendas Tahdzibichén, Dzoyaxché y Xtojil
Llegamos ya a Taczibichén (Tahdzibichén), y dale que dale, pasamos sucesivamente por Dzoyaxché y Xtojil, de cuyas estancias no nos ocupamos por haberlo hecho ya en nuestras anteriores estadísticas e historias. Vamos a hacerlo si de la colosal Uayalquej (Uayalceh), a cuyas inmediaciones encontramos a nuestro apreciable amigo el Sr. D. Alonso Manuel Peón, a quien no pudimos disuadir del afectuoso empeño que tomó en acompañarnos hasta aquella su hacienda, separándose, de los trabajos de mensura que estaba presenciando, y que dejó entonces al cuidado del acreditado agrimensor y buen amigo nuestro, el Sr. D. José Dolores Espinosa, el que no nos fue conocido sino hasta el momento en que apartando la vista de su grafómetro se nos puso en facha bajo un tremendo quitasol azul, chamarra y pantalón del mismo color, su barba populosa y su cara tostada por el caliente astro que derrite a los agrimensores.
Con que ¡Sr. D. José Dolores! que usted cierre el perímetro de estos terrenos con exactitud matemática, y que disfrute sus honorarios sin tener que gastar un solo chelín en médicos y botica, porque a la verdad ¡está usted tan expuesto a un tabardillo! Dios nos libre de él, y por lo qui potest contingere (cómo puede suceder) vamos a pescar sombra, que ya nos urge.
Pero, señores, ¿Qué ruido es ese? ¡Nosotros no salimos con escolta! ¿Qué caballería es esa que a todo escape nos da alcance?
¡Ahaaaa! Quiénes habían de ser! Chiquito Rendón, Simón, el amigo de Jol, y Baranda el menor, tres amigos incrédulos, que han tenido la ocurrencia de soplarse ocho leguas por cerciorarse si seguíamos viaje con brío y constancia. La salida a Uayalceh.
Llegamos a la hacienda Uayalceh
Gracias a Dios que llegamos a Uayalquej y que nos columpiamos en las suaves hamacas mientras que el Sr. Peón manda preparar, aunque a deshora, violentamente un almuerzo que engüimos mas de prisa aún.

Dimensiones de la hacienda
En seguida procedimos al reconocimiento de la finca, que si hemos de decir verdad, es la primera del Estado. ¡Mas de tres mil almas! ¡Más de mil ganados! ¡Más de mil caballos! ¡Más de cinco mil mecates de jenequen (henequén)! ¡Más de diez mil de maíz! Y por último, un buen mayordomo ¡¡con mas de ocho hijos!! Jesús! Quién tuviera una hacienda como esta!
Vaya en gracia: que usted la disfrute por muchísimos años, Sr. D. Alonso Peón, y que reciba nuestra sincera gratitud por las mil atenciones que le debemos.
Son las cinco de la tarde. La salida a Uayalceh. Dese fin a la amena sobremesa con un brindis chinesco y emprendamos de nuevo nuestra marcha dejando burladas las sospechas de aquellos nuestros amigos que siguen la máxima de Santo Tomás: Palpate et videte (Palpad y ved). Después de abrazarnos todos, continuamos los cuatro por el camino de Sacalum.
Continúa aquí: Empiezan las ruinas


