El extranjero en Mérida I

A continuación podrá leer, en 10 partes, un relato del Sr. D. Buenaventura Vivó, fue cónsul de México en La Habana de 1846 a 1853. Durante los años 1853, 1854 y 1855, fue enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México ante la corte de la reina Isabel II de España. El extranjero en Mérida I. Historia de Mérida. Historia de Yucatán. También fue diplomático de carrera al servicio de Antonio López de Santa Anna. Nació en Puebla, México en 1813 y falleció en Madrid, España en 1872.

El documento del cual fue obtenida esta transcripción, fue publicado en 1845. Es el tomo segundo del Registro Yucateco, periódico literario, redactado por una sociedad de amigos.

   

Justo un servidor, Humberto Sánchez Baquedano, he regresado de un corto viaje por Centroamérica, en la que recorrí tres países y sus capitales: San Salvador en El Salvador, Tegucigalpa en Honduras y Ciudad de Guatemala junto con Antigua Guatemala en Guatemala. Los viajes es algo que me gusta hacer cada vez que puedo. Y trato de hacerlo fuera de México y dentro mi propio estado. Y que al revisar material antiguo para compartir, me encuentro este interesante documento.

Relata de una manera amena y entretenida, su viaje, llegando por Sisal y su posterior traslado en calesa a Mérida. Ya en la ciudad, todo lo que van descubriendo en ella. Estos relatos tienen casi 180 años.

El extranjero en Mérida I
Fragmento de la página 362 del Registro Yucateco tomo II

Comenzamos:

Es indudable que la descripción de un país con sus ciudades y costumbres. Los viajes de ilusión, la presencia de un neorama, el aspecto de un cosmorama, la vista de un panorama, son hermosas perspectivas que satisfacen hasta cierto punto la razón. Pero a quienes no les es dado conmover el corazón, ni tan siquiera saciar los deseos de una imaginación juvenil, ardiente y poética, que llena de vida y calor, desea verlo, tocarlo todo, para conocerlo todo.

   

Un curioso al leer una de las narraciones del viajero Alejandro Dumas, se convencerá, pero no sentirá. Un espectador al ver en el cosmorama del célebre Putsotsi el camino subterráneo del Támesis, se extasiará, pero no se sorprenderá.

Un inglés al escuchar los lances de una corrida de toros, se admirará, pero no se conmoverá. La naturaleza sola tiene el privilegio de imprimir fuertes sensaciones. El extranjero en Mérida I. Y desde el momento que el artificio quiere producirlas, no hace más que marchitarlas. Grandes son siempre las impresiones que experimenta un viajero cuando por la vez primera aborda a un país, hasta entonces para él desconocido.

Magnetismo al viajero

Si el país en conjunto es bueno, las impresiones son dulces, gratas y dejan indelebles recuerdos en el alma del que tiene la suerte de experimentarlas, produciéndole esa atracción que en el día se llama magnetismo. Por la cual el extranjero se pega a aquel suelo con la fuerza que el alga se pega a las rocas, en cuyo caso bien podemos atrevernos a decir, siguiendo la tendencia del siglo, que país magnetiza al viajero.

   

Al contrario, si el país es malo, el disgusto del que tiene la desgracia de pisarlo es grande, su aversión mayor. Y como todo lo que repugna y no halaga al corazón se desecha con desprecio y prontitud, los recuerdos son nulos cuando no sean fatales. Y si de vez en cuando por una de esas anomalías de las cuales adolece el género humano, en el transcurso de la vida del viajero un débil recuerdo invade su memoria, pasa por su imaginación con la velocidad que pasa la estela de un buque sobre el mar. Un surco abierto en la superficie lisa y unida del vasto piélago. ¡Un segundo después nada!

Entonces diremos, hablando magnéticamente, que, en vez de obrar el magnetismo por impulsión, lo efectúa por repulsión. Y que, así como en el primer caso el país ha atraído al viajero, en el segundo lo ha expulsado. Empero ¿quién negará que, en ambos casos, aunque en diferente sentido, las impresiones han sido grandes.

   

De La Habana a Sisal

Razones que no son del caso ni de mi propósito referir, me condujeron de la Habana a Sisal, en donde principié a sentir el fluido magnético que con bastante intensidad abunda en este estado. Sin saber cómo, ni por qué, una fuerte atracción me llamaba a Mérida. Un doctor en medicina, joven de bastantes conocimientos, y que desde la Habana había sido mi compañero de viaje, se hallaba bajo el dominio de la misma atracción.

Vamos a Mérida, dijimos simultáneamente. Dicho y hecho.

Viaje en calesa

Una calesa fue inmediatamente alquilada; unas cuantas mudas de ropa colocadas en un mal baúl; nuestras personas dispuestas para emprender viaje; y éste fijado a las 10 de la noche, hora en que, bajo la zona tórrida, el fresco convida a viajar. El extranjero en Mérida I. Entre los preparativos más indispensables de nuestro viaje, no fue el menor de ellos un par de pistolas que nos colocamos en nuestras cinturas.

El extranjero en Mérida I

¿Dónde van ustedes con esas armas? Nos preguntó un habitante de Sisal, al vernos armados caballeros; por ventura ¿van a matar mosquitos?

¡Cómo! ¿quiere usted que vayamos sin armas, le respondimos, cuando tenemos que andar toda la noche? ….. y si nos salen ladrones ¿con qué quiere usted que nos defendamos?

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¡Ladrones! ¡Ladrones! exclamó nuestro interlocutor a carcajada tendida; y añadió con aire muy muy grave: Aquí no hay ladrones, señores: ¿se creen ustedes viajar por España, en donde desde la guerra civil cada mata se metamorfosea en un salteador?

No, señores: si así pensasen vivirían muy equivocados: en todo el estado de Yucatán ni para remedio se encuentra un salteador de caminos; y desde que Sisal es Sisal, no ha habido aún un ejemplar de que viajero alguno haya sido robado. Lo mejor será que ustedes me den sus armas: se las guardaré, pues lo que es por ahora no les van servir más que de estorbo.

   

Había tal dominio y sinceridad en las expresiones de aquel buen señor, que tanto el doctor como yo no atinamos hacer la menor objeción. Nos miramos admirados. Nada replicamos. Maquinalmente pusimos las manos en nuestras armas, y se las entregamos.

Inicia el viaje a Mérida

Un minuto después ya estábamos sentados en la calesa, el cochero pronunció la palabra «Ko’ox«, arrancaron los tres caballos, y hétenos aquí en el camino de Mérida. Historia de Mérida. Historia de Yucatán.

La noche estaba oscura, el cielo se hallaba completamente cubierto, y bajo su capa se veían aquí y allí opacos nubarrones que formaban figuras fantasmagóricas. El extranjero en Mérida I. Por la parte del este aparecía un carro fúnebre tirado de enormes gigantes que lo arrastraban con unas disformes cadenas, y que, conduciéndole hacia el oeste, parecían querer hundirlo en una tétrica tumba, que por esta parte se veía, la misma que de vez en cuando vomitaba fuego, según denotaban los continuos relámpagos que sin interrupción se sucedían.

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Vuelo sobre Campeche y Yucatán aterrizaje en Mérida MID: