Capítulo V
Viaje a Uxmal 1852. Salgamos por donde entramos, esto es, por la puerta, y síganos el lector a las ruinas si así le viene a cuento. Paseo por las ruinas de Uxmal.
Andando con paso de marcha granadera, a poca distancia de la hacienda nos encontramos con el rancho de caña que el Sr. D. Simón Peón tiene en las diestras manos (que si son siniestras no lo sabemos oficialmente) del rubicundo y cano D. Pedro de Mangas, para quien llevábamos una carta de introducción. Pues ocasión es de entregar la carta al Sr. Mangas, nos dijimos, cumplamos.
Dicho y hecho, entregamos la carta, la que con sus soberbias antiparras leyó muy gravemente el buen chico D. Pedro, ofreciéndonos en seguida cuanto pudiésemos necesitar.
Le dimos las gracias, y adiós. Mas al bajar de cierta subida que conduce a su casa, nos preguntó:
-Señores, dispensen ustedes la pregunta: la asistencia es acá ó….
—Gracias, D. Pedro; la asistencia la traemos de Mérida, y la llevamos a saborear en las ruinas, como jamás lo hicieron sin duda los patriarcas. Paseo por las ruinas de Uxmal.
Tenemos que advertir que frente a la casa de D. Pedro hay un edificio antiguo, arruinado. Pero en tan ruinosa situación, que nos puso chichnaques y cabizbajos, como la desazón que siente el que piensa chuparse la tajada de un buen empleo, y teme que a última hora le digan: ¡el gato se lo comió!
Sudor, sudor y más sudor
Silencio!!… No hay que hablar una sola palabra… Chiton … ¡ Andamos cerca de las ruinas!… chit!… ¿Qué diablos nos pasa?… qué sudor, Dios mío! ¿Sí habrán sudado los viajeros que han visitado estos lugares? Eh! creemos que sí… pues claro, clarito… sin rubor lo diremos….
¿Pero cómo lo habrán escrito esos místeres, monsieures, sires, condes, duques o marqueses? Vaya!… habrán dicho que… sí… que sudaron a mares. Paseo por las ruinas de Uxmal.
Pues señor, también nosotros sudamos a mares y ¡ay! pujamos además. ¿A que en esto llevamos a aquellos la palma?
La Casa de las Monjas y la Casa de las Tortugas
Adentro, muchachos! gruñimos todos: adentro. Y entre sí esta senda es mejor que la otra, y aquí hay menos espinos que allá, y este paso tratará a nuestra vestimenta con mas piedad que el otro… ¡sus! de repente, dando un salto, caemos de puntillas frente a frente de la casa llamada de monjas.

Al volver de nuestra admiración, encontramos a nuestro lado al amigo Mangas, en cuya amable compañía de este edificio pasamos trepando como gatos a la casa de las tortugas. De aquí, subiendo como tuchas, nos soplamos en la casa del gobernador. Vemos luego la de las palomas. Paseo por las ruinas de Uxmal. Distinguimos por medio de un anteojo la de la vieja, y por último, dejando a un lado los edificios de ningún interés, nos empinamos ¡canario! hasta el horripilamiento nos vuelve de solo recordarlo! nos empinamos a la encumbrada casa del adivino.
¡Qué bien recordamos al seráfico y viejo historiador Cogolludo cuando viéndose arriba como un papagayo, en este sitio, no acertó a menear la cola!
¡Jesús! Un atropellamiento de ideas nos volteaba el seso al meter la nariz en los esqueletos de aquellos gigantes de su tiempo… Si habéis sucumbido, soberbios palacios! y os encontráis anonadados, ¿Qué será de la débil humanidad, que se hunde al mas ligero pechugazo de un cualquier chiquisnavis?
Es cuadrangular
Vamos ahora a describir los principales edificios, dando una tintura de ellos. Empecemos por la casa de monjas.
Esta casa, colocada sobre la parte mas alta de tres terrados, y en el centro de un patio, es cuadrangular.

El frente del edificio tiene doscientos setenta y nueve pies una pulgada y un punto. Paseo por las ruinas de Uxmal. Su cornisa está adornada con esculturas que asombran.
En el medio hay una portada de diez pies y ocho pulgadas de ancho, y a cada lado suyo hay cuatro puertas, por donde se entra a otros tantos cuartos de veintitrés pies de largo, diez de ancho, y diez y seis y medio, una línea y un punto de alto. Los cuartos no tienen comunicación entre sí.
La Casa de las Palomas
La casa de las palomas es de doscientos cuarenta pies de largo. Se halla en deplorable ruina, aunque conserva vestigios de las primorosas esculturas, a manera de pirámides, que la adornaban. Paseo por las ruinas de Uxmal. Por unas aberturas que tiene, semejantes a las casuchas de las palomas, se le dio aquel nombre.

La casa del gobernador, situada sobre tres grandes terrazas, tiene de frente trescientos veintidós pies. Pasmado y estupefacto queda uno al ver los delicados adornos arquitectónicos que casi cubren todo el exterior del edificio. Todo esto es de piedra. Positivamente que admira cómo de piedra hubiese sido posible trabajar finamente tanta cara de mico, papagayos y diablos con horribles narices y tremebundos cuernos.
¡Si con estos se habrá querido representar la hermandad de San Cornelio! De la casa de la vieja no hablaremos con la difusa extensión que tanto habrá fastidiado a nuestros amables lectores al ocuparnos de las descripciones precedentes, y por lo que les pedimos mil perdones.
Seremos breves, sucintos y lacónicos. Pues habiendo visto de reojo y al soslayo la tal casa, que hoy mas que nunca le cuadra el nombre de la vieja, por estar tan vieja que sus canas se las lleva el viento, diremos en resumen lo ya dicho: que es polvo!!
Edificio con alimañas
La casa de las tortugas, denominada así porque varias de estas alimañas, construidas de piedra, figuran en el cornisamento que adorna la parte superior del edificio. Paseo por las ruinas de Uxmal. Esta casa, decimos, está situada en la segunda terraza que conduce a la casa del gobernador. Su frente es de noventa y cuatro pies. Si bien no está soberbiamente decorada como la del gobernador, siempre gusta por la elegante sencillez de sus adornos.
Por mas que Stephens le concedió poca vida en su última visita, existe aún, y creemos que vivirá por algunos años todavía.
La Pirámide del Adivino
Demos punto a estas sobradamente minuciosas, cuanto científicamente detalladas descripciones, cerrando la materia con un párrafo que de luz sobre la casa del adivino, o mejor dicho, del enano, por haber sido un chiquitín renacuajo el que la habitó.

Se halla en tal elevación este tabernáculo del enano, que para subir hasta él, es preciso dar noventa pujidos para pasar una escalinata de noventa peldaños.
Este edificio es el non plus ultra de las ruinas de Uxmal. Su posición, su estructura y la difícil combinación de adornos y jeroglíficos, le dan un aire de grande magnificencia, superior a los demás edificios. Oh, tempora! oh, mores!
Ahora que estamos en la casa del adivino, entremos en la materia mas ardua, espinosa y peliaguda. Pero para ello es necesario reunirnos en junta, sentándonos a lo musulmán, porque el tal adivino o chaparro, como quieren otros, sin duda llevó consigo todo el ajuar de su casa, según que no queda ni vestigio de él.
Señor D. Pedro Mangas, usted como el barba de esta compañía, es decir, el vetusto entre nosotros, sírvase ocupar la presidencia para hacer guardar el orden debido en la seria discusión que vamos a entablar con la misma gravedad que rebosó en los célebres doctores de Salamanca, cuando examinaron el proyecto de Colon sobre el descubrimiento del nuevo mundo.
No hay mas diferencia que en aquella se trataba de penetrar el futuro, en la nuestra se trata de descubrir el pasado.
Bueno, ¿y quiénes construyeron todo esto?
¿Cuál de las dos cuestiones será mas contrincada? La una, a lo que parece, está ya resuelta. La otra ha pasado ya por el caletre de buenos doctores y aun permanece en tinieblas.
¿Quién, pues, le pone el cascabel al gato? Nosotros que vamos a entrar en sesión. Sentado sobre una enorme piedra y a testa descubierta el respetable presidente, dio un par de palmadas para abrır la sesión haciéndonos entrar en recogimiento y meditar profundamente, para hacer la exportación de nuestro juicio.
La situación del lugar convidaba a la meditación, así es que hubo un momento en que inmóviles, sin pestañar siquiera, parecíamos parte integrante de tan nigromántico palacio. Entonces, el que nos hubiese visto, nos hubiera confundido con los ídolos.
Después de una larga pausa, pidió la palabra el mas cercano al presidente. Este, con una profunda inclinación de cabeza la concedió, porque el que calla otorga. Aquel empezó:
¿Acaso fueron los chinos?
Señores, no es vano vanagloriarme. Pero creo que mi juicio sobre los arquitectos de estos palacios, es el mas sazonado, maduro, caído y hasta podrido que puede presentarse. Sí, señores, lo dicho, dicho: chinos irrefragablemente fueron los que estructuraron estos edificios. Paseo por las ruinas de Uxmal. Y lo digo, porque les he seguido la pista en todas sus obras.
Ha sido mucha la ceguera de los que nos han precedido en estos descubrimientos. ¿No han visto los muy topos, en todas las fachadas, los mismos embolísticos caracteres que nos ensartan en sus pastillas de tinta los del imperio Celeste?
Y además, señores, esas techumbres agudas, y el sistema general de todos los edificios, están vociferando el gusto cónico y piramidal que predomina entre los que juzgo sin pizca de vacilación, que fueron los constructores de estos palacios. ¡Chinos, sí, señores, y muy chinos!
De aqueste modo habló el primero, a cuya conclusión añadió D. Pedro Mangas, muy reverentemente. —Es mucha verdad. Sí, señor, chinos fueron.
Siguió el segundo, que dijo: Señores, con perdón del preopinante, me atrevo a decir que su juicio está muy descarriado, muy retrógrado. Vea usted a los pobres chinos venir hasta Yucatán, cuando es gente que como el gato escaldado huye del agua fría y le tiene mucho asco a la mar!
¿Acaso fueron los indios?
¡Qué chinos ni qué chinos! Indios, y muy fotutos! Sé de muy buena tinta que éstos los han confeccionado, habiendo sido sobre-estante mayor el gigante Xeloua, llamado por otro nombre el famoso Arquitecto.
Una de tantas pruebas que presento, a la que nadie le puede decir fó, es que la figura de estos techos remeda una casa de paja pintiparada. Solo que en aquel tiempo eran mas ricos los indios por el inmediato contacto que tenían entonces con Californias. Y por ultimo, es mi opinión, y con eso basta para que tenga mucha fuerza y pueda hacer mella en la consideración de nuestro señor presidente, que tiene voto de calidad. Acabé.
El presidente dijo: Tiene mucha razón el señor que acaba de parlar.
Oigamos la opinión del tercer, que es como sigue.
¡Yo creo que fueron los árabes!
¡Miren que caso, señores. Cuidado que es torpeza o bellaquería atribuir a los chinos y a los indios lo que con tanto sudor y trabajo habrán venido a elaborar los árabes beduinos, montados, en sus camellos y trayendo consigo las piedras y todo el material de que se formaron!
Porque es claro que, se habían de aburrir de vivir en tiendas de campaña, y alguna vez la habían de dar por manufacturar otra clase de madrigueras. Pero miren con qué astucia supieron ocultar su huella! Tan perfectamente, que solo yo, que poseo el árabe con perfección, he podido dar en el busilis, leyendo de corrido los arabescos que, hechos tontos, fueron a dejar en las fachadas, para que uno, como yo, viniese a descifrarlos.
Al punto de cerrar estas palabras el tercero, se levantó D. Pedro y manifestó: Caballeros, yo soy con el señor, me arrabiato a su opinión. Diga el señor cuarto, que parece estar saltando en traba.
Benevolente auditorio: yo, el mas humilde de esta turba, quiero empigilar también mi voto. Paseo por las ruinas de Uxmal. Atención, queridos oyentes, que ya me echo al agua.
Vaya disparates
En nada habéis aventajado, compañeros carísimos, a los famosos Stephens, Fridichsshal, el cura Carrillo y otros amigos nuestros, que han conjeturado sobre los arquitectos de estas antiguallas. Como ellos os habéis alucinado. En vano os aferráis de la huella del árabe, de los sombreros chinos, y de las tamasucas de los indios.
Vaya! Qué de disparates y sodomías habéis dicho!… Perdonad mi franqueza, y escuchadme.
Oh, sí!… oh, sí!… Yo voy a probarlo con el testimonio de San Trifón, de San Crispín y del beato Chimisturris.
Si, señores. Tornad la vista y mirad… ¿Qué dicen esas tortugas (cetáceos adheridos constantemente a la tierra) que acosadas por la grande llovizna del diluvio, apenas pudieron alcanzar el cornisamento del edificio. ¡Miradlas!… ¿Qué ahora lleva su nombre? Dicen, sin duda, que a no haber pillado tan buena altura, el ahoguío las hubiera cogido en su mas florida edad. Y agregan, que ahí se mantendrán firmes hasta no ver con cuatro ojos el arco iris…
¿Quedáis pasmados de mi arrogante ingenio? Voto a chapiro! Pues sí, señores, para que aquello sucediese era preciso que estos tales edificios hubiesen sido compaginados antes del diluvio a la maner de la figur de la construcción, según en estilo evangélico dice San Crispin… ergo son antediluvianos. He dicho, y me ratifico.
Aplausos
Una descarga de aplausos confunden la modestia del orador, y D. Pedro Mangas, de puntillas y con los ojos saltados de admiración, exclamó: Qué hablar! bien, señor! no se puede negar! Usted sí, encima de todos, tiene razón. Me someto a su dicho de usted.
En seguida se ventiló la otra cuestión, acerca de los que fueron los últimos moradores de las ruinas. Las opiniones también resultaron diversas. Quien expuso que los israelitas. Paseo por las ruinas de Uxmal. Quien que los senadores romanos. Quien que los esquimales, y quien que Sansón con todos sus filisteos.
Los últimos moradores
D. Pedro Mangas, que ya no podía aguantar sin meter su cuchara, dijo: No se cansen ustedes, señores, los últimos moradores de estos edificios son los murciélagos, las avispas y tanto diablo de pájaro que ustedes ven.
El lector escogerá lo que guste de la variedad de juicios.
Ya eran las doce del día y nuestras tripas lloraban que daba lástima. Nos propusimos bajar. Pero antes consignamos nuestros nombres en las paredes, como lo habíamos hecho en las casas de monjas y del gobernador, a fin de que a la imparcial posteridad se transmitiesen con el recuerdo de nuestras buenas obras.
Que diga un tal Juan Fernández si esto no es conveniente. Si no hubiese escrito ahí su nombre, hasta el día no le conociéramos, es decir, su nombre pelado, sin que siquiera sepamos qué madre lo echó a este pícaro mundo.
Cierto es, que luego de haber descendido de la casa del adivino, arrastrando como globos la cestilla, y viniéndonos un sudor tras otro, y mas sudores y mareos, y mil tramoyas y atrabancamientos, nos encontramos al pie de la escalinata con nuestras maletas, sacos de noche y un rancho opíparo.
Hola! hola! brincamos de contentos. Aquí está lo bueno que nos ha traído cuidadosamente Gallareta en unión de diez o doce subayudantes. Abordemos, aunque no a las maletas y sacos de noche.
Hora de almorzar
Y sin mas aquí ni mas allá, sacamos el jamón, los salchichones, los quesos, las sardinas, y con estos útiles y otros mas, inclusive el buen vino traído de la exhibición de Londres, y otros y otros, como leche, huevos etc. etc. que tuvo la dignación de mandarnos el mayordomo de Uxmal, tendimos nuestra mesa en el santo suelo, y nos echamos a tragar, cuidando de no equivocarnos con los paquetes de triquitraques que acompañamos al rancho para mejor ocasión, o para postres si llegaba a ser preciso.
Durante tan espléndido almuerzo, se atacó a Norman y a Waldek, porque siendo el primero un hombre flaco, enclenque y de ojos turnios, y el segundo demasiado obeso, gafo, recién viejo y taimado, sin casaca ni finas maneras, no pudieron menos que estampar mil bellaquerías en sus historias sobre lo que falsamente dicen vieron (y que en verdad no vieron) en Yucatán.
Un brindis
En medio de los brindis se oyó la siguiente octava, justamente dedicada a nuestro socio el proveedor.
Se te otorga, Solís, una corona
Por lo bien que cumpliste tu misión:
Rey de los vivanderos te pregona
Cada vientre que henchiste de jamón,
Y de aquel néctar que tan bien entona,
De sardinas, de queso, salchichón.
Por todo, buen Solís, gracias te damos
Los que hartos fuimos y hartos regresamos.
Terminado el refectorio, en un tris tras y a pata gulana, nos regresamos a Uxmal, dando un millón de gracias al cumplido D. Pedro que tan bien se portó!
En Uxmal pasamos el resto del día muy a nuestras anchas y a la bartola, porque el calor asfixiaba. Paseo por las ruinas de Uxmal. Entonces observamos que con nosotros no podía rezar el bando de Campeche, que prohíbe las camisas cortas.
¡Qué hueco hubiera quedado el Sr. Castelo, y cómo se hubiera pavoneado al ver que hasta en Uxmal eran obedecidos sus saludables preceptos!
Lo que vale, amigos, tener popularidad para mandar!
Continúa aquí: Baile de vaqueras y regreso a Mérida


