Haciendas Yokat y San José

Capítulo 3

Viaje a Uxmal 1852. Haciendas Yokat y San José. Legua y media, poco mas, poco menos, según nuestros cronómetros, dista de la malograda Ticul la graciosa hacienda Yokat, hacienda de una hermosura pintorescamente salvaje, y en sitio tan bello, que si a su lado pudiese escucharse manso arrullo de una fuente, nada tuviera que envidiar al Paraíso.

Haciendas Yokat y San José

Al frente se levanta la Sierra, coronada de azuladas nubes. A su derecha se contempla el esplendoroso verdor, con esmaltes de oro, de mas de cien mecates de caña dulce, y a sus puertas se disfruta de la apacible sombra del nabú, del roble y otros árboles frondosos que dan al lugar una importancia soberbia. A vista de esta beldad, muy podencos habríamos sido si no hubiésemos determinado penetrar hasta el corazón de esta señora, con el mismo gusto que a un viejo coquetón le ocurriese instilarse en el regazo de una doncella de quince abriles.

   

Plantíos de caña de azúcar

Lo primero que solicitamos después de un poco de contemplamiento, fue saber si estaban en la tuerza de caña. Cómo no, señor, contestó el ilustre Villegas, fabricante mayor de azúcar. Vengan ustedes acá, señores, por acá.

Haciendas Yokat y San José

Grande placer sentimos al ser testigos por primera vez de aquella maniobra, que de un segundo modo sería provechosa a la sociedad si por ella se hiciesen pasar a algunos malandrines gaznápiros y follones que la infestan y desquician por esto otro de que mas vale un toma que dos te daré. Haciendas Yokat y San José. Y al prójimo contra una esquina, pues mas importa subir que estar abajo, y quedar arriba que bajar, que a quien Dios se la de San Pedro se la bendiga.

Magnifico, dijimos, retirándonos de la maquinaria.

Buena va la danza
Y rasquemos la panza.

Vea también: Camino de Mérida, Yucatán a Flores, Guatemala 1851

Y que no se la rascara usted tan peladamente, señor, ni sus compañeros de usted, saltó Villegas siempre dirigiéndose a uno de nosotros que le era conocido.

   

El guarapo

¿Quiere usted guarapo (jugo de caña de azúcar)? añadió.
-Caballeros, dijo aquel, guarapo tenemos.
—Pues al grano, respingaron los demás. Aquí estamos, que la miel no se hizo para la boca del asno.
—Pues Villegas, saque usted guarapo para estos melindrosos como una coqueta en el día de Corpus.

Haciendas Yokat y San José
El guarapo, jugo de caña de azúcar.

Luego vino Villegas con dos blancas jícaras, llenas del dulce almíbar extraído de la caña con suma limpieza, y nos dijo: tome usted guarapo, y ustedes también, señores.
—¡Bravo! Chillamos entusiasmados. Bebamos a la salud de Villegas. Pero con tanto furor se echó de bruces uno de nosotros sobre la jícara, que se puso a ahogar, bufando con tales resoplidos de sofocación, que nos chisporrotió, obligándonos a exclamar en tono grave:

¡Toma guarapo, mi dueño! ¿Quiere usted guarapo?
Demos las gracias a Villegas, y…. Adiós Villegas, hasta el jueves. Haciendas Yokat y San José. Mande usted lo que guste para los ídolos de Uxmal y sus feligreses.

Nos echamos a barlovento, y con voz de Júpiter tronante mandamos la maniobra a los contramaestres de las calesas para coger rumbo.

—¡Muchacho, apareja a virar!
—Aferra caramanchel, mayor y gavia, foque y fofoque.

   

Ya cogimos rumbo, y vamos a todo trapo: nos creemos la república mejicana que navega velera, viento en popa, mar bonanza, mientras el patriotismo de sus hijos sopla.

Sopla mulata que me quemé,
Arre que arre, a San José.

Hacia la hacienda San José

Iba entrando la noche, pero veíamos, porque de noche no todos los gatos son pardos. Pues señor, como íbamos diciendo, y como hemos vaticinado en el resumen de este capítulo que les sirve de sombrerete, en el camino de Yokat a San José, vimos, si señores, vimos ¿Quién se atreverá á negarlo?

Y si no, que lo diga Gallareta, muchacho de tomo y lomo que nos sirvió de ayudante, y de quien habrá mejor ocasión de hablar para darlo a conocer, como excelente socio de una compañía de anticuarios aficionados.

¿Era venado o venada?

Pues señor, estábamos en que vimos pasar raspando con en esto de sí el segundo era venado o venada. No andamos muy acordes, pues quedamos disputando acaloradamente hasta llegar, sin que la cosa se hubiese aclarado.

Gallareta dice que esto punto no atestigua, porque tampoco alcanzó a ver bien la cosa.

Vamos, que habiendo caminado tres leguas largas, y decimos largas, porque en esta tierra de Dios las hay de varios géneros. Unas así, otras cortas, y otras tan cortas, que se llaman legüecitas. Vamos que nos soplamos en San José a las ocho y un minuto y cincuenta y nueve segundos.

   

Llegando a San José

—Buenas noches, señor mayordomo, rezongamos. Sepa usted que el Sr. D. Juan Peón, amo de usted, es uña y carne con nosotros, y usted no debe ser harina de otro costal.

—Aajaan, siñor. Está bien caballeritos. Adilanti, siñor.

Y el buen mayordomo, Fulano Gutiérrez, nos abrió las puertas y nos establecimos para pasar la noche.

Gallareta armó el tren del chocolate. Y tal batiente susurraba, que nos creímos en una chocolatería de Mérida.
Bebimos nosotros los cuatro fieles historiadores. Item Gallareta. Item el mayordomo, e item los cocheros que no habían de quedar a la luna de Valencia. A Gallareta nos fue preciso mirarle con aire torvo, porque nos dijo que por haber comido queso el mayordomo, íbamos a ser causa de que le diesen cursos. ¡El diablo de Gallareta!

Acto continuo, encontrando a mano embrollos de escribir, dimos comienzo a estos inocentes trabajillos, escribiendo sin pestañear hasta las dos de la mañana.

—¡Mis amigos y dignos compañeros! ¡Dios quiera que no sea trabajo perdido! nos saltaba a cada chirrido de pluma nuestro socio el sobrino del castellano historiador.

Añadía: acuérdense ustedes del pájaro negro del amigo Losada, que se quedó en ciernes por falta de suscriptores.

-No tal, refunfuñamos. No nos sucederá, porque nuestra obra no es una pollinada como el pajareo negro y otras muchas. Que quien lo piense así será un pollino.
Más si cree que dudamos del culminante mérito científico – literario – gastronómico – ambulador de esta jerigonza, con que nos solazamos muy a nuestro sabor.

   

Pelea entre gatos y ratones

Dimos punto a las dos de la madrugada. Dormimos un rato, y al cuarto para la hora nos fue preciso apoderarnos de las pistolas para defender a los gatos que eran presa de los ratones. ¡Qué ratonazos, Sr. D. Juan! Mande usted las píldoras para matarlos como a perros.

Volvimos a tomar el sueño hasta las cinco que nos levantamos para hacer otra defensa a una vela de cebo que admirablemente se robaban las hormigas. ¡Picaronas!
¿Vosotras también habéis comprendido lo que vale el espíritu de asociación? Marchaos a explicarlo a cierto bípedo testarudo, o maniático, o saltimbanquis que conocemos.

Media hora mas tarde emprendimos camino para Uxmal, dejando ancladas las calesas, atracadas de la boya del mayordomo, para que si en nuestra ausencia reventaba un norte, el diablo no cargase con sus aparejos.

Continúa aquí: Caminata de la Hacienda San José a Uxmal

TREN TRANSIBERIANO RUSIA Moscú-Vladivostok 17 estaciones:

DE MEJORADA a SANTIAGO caminata calle 59 Mérida Yucatán:

   

Deja una respuesta